jueves, abril 19, 2007

El metal Baily

Parte fundamental de las Ciencias, el estudio de los instrumentos y magnitudes de medida está lleno de detalles muchas veces pintorescos.

Es por todos conocido el empecinamiento británico de conservar su sistema imperial de medidas y pesos, fervor que supongo los británicos considerarán perfectamente normal, no como ese extraño sistema métrico decimal de origen francés que no muestra el más mínimo respeto por la tradición y los usos, y mucho menos por los old good times.

La historia de los pesos y medidas de Gran Bretaña es extensa y su desarrollo no está libre, como quizá pudiera parecer, de esfuerzos de normalización por parte de los gobiernos de muy distintas épocas. Por ejemplo, podemos fijarnos en la yarda de Isabel I. Esta medida fue el patrón de longitud durante gran tiempo: exactamente entre 1588 y 1824. Pues bien, en 1742 la Royal Society de Londres encargó a George Graham la elaboración del primer patrón a trazos de la yarda. El patrón de Graham fue terminado ese mismo año, pero no logró obtener la sanción oficial. No obstante, sirvió de referencia a John Bird, quien en 1760 realizó su propio patrón. Pero se tuvo que esperar 64 años a ésta fuera finalmente aprobada como yarda oficial, mediante un Decreto de 1824.

Sólo transcurridos 10 años, en 1834, un incendio en la Cámara de los Comunes acaba con este sufrido patrón. Afortunadamente la previsión de los organismos oficiales había hecho que se creasen unas copias en 1825. El original pereció; su descendencia clónica sobrevivió, pero para extinguirse pronto: en 1845 se decide crear un nuevo patrón de la yarda: alcanzará la oficialidad relativamente pronto, tan sólo 10 años más tarde, en 1855. Comprobada la conveniencia de realizar copias, se hacen cinco de esta nueva referencia.

Todas estas copias oficiales de la yarda de 1845 están hechas de una aleación de bronce específica, llamada metal Baily, en honor del astrónomo que creó la composición. Todos recordamos la famosa aleación de iridio y platino que dan realidad física al entrañable metro. La preocupación por elegir una buena aleación para las referencias métricas, sean el metro o la yarda, es seria: se pretende que el metal sea lo más inalterable posible. No sólo la aleación se elige cuidadosamente; la forma de los patrones de referencia también ha sido siempre objeto de estudio y mimo, ya que se pretende que las torsiones, esfuerzos y demás penurias a los que está sometida la barrita de metal sean lo más livianas posibles, de forma que el metro sea siempre metro, la yarda siempre yarda.

El bueno de Baily dio tras muchas cavilaciones con esta mixtura metálica: un 82% de cobre, un 13% de estaño, un 5% de zinc.

La palabra "cobre" viene del latín cuprum. Es una abreviatura tardía del original Cyprium (æs), es decir, "metal de Chipre", ya que en esta isla existían ricos yacimientos del mineral. En latín, curiosamente, la palabra æs se refería inicialmente al cobre, pero fue perdiendo ese significado para pasar a denominar a la aleación más famosa y popular del cobre: el bronce. Por ello, se necesitó una nueva palabra para referirse al cobre, y esa fue cuprum. El término original, æs, pasó a las lenguas germánicas y generó la palabra inglesa ore, que aglutinó otras palabras y hoy día puede traducirse como "mineral" si mal no recuerdo. Pero la historia de la palabra inglesa ore merece por sus curiosidades más espacio otro día.

"Estaño" proviene a su vez del latín stannum. Curiosamente, esta palabra se empleó primeramente en el mundo romano para referirse a una aleación de plomo y plata; los romanos no distinguían muy bien entre plomo y estaño, debido a algunas características comunes como la maleabilidad de ambos metales. Al plomo lo llamaban plumbum nigrum, es decir, plomo negro, mientras que al estaño lo denominaban plumbum candidum, o plomo blanco. El stannum era un subproducto que se generaba al hacer la aleación de plomo y plata; posteriormente, ya en el siglo VI, comenzó a usarse para ese plumbum candidum en vez de para referirse al material residual.

El "zinc" tiene la etimología más curiosa de estos tres metales que he mencionado. El término aparece por primera vez en 1526, en la forma alemana Zink, creada por el sabio Paracelso. El origen de esta palabra es incierto. Se baraja la posibilidad de que esté basada en Zinke, que significa "espina" o "punta"; la forma puntiaguda de los cristales que forma este material pudieron sugerir la palabra al alquimista suizo. El zinc se conocía de antiguo, o más bien, se usaba de antiguo: la naturaleza de este metal fue esquiva durante muchos siglos debido a su bajo punto de fusión y su alta reactividad. El latón se fabricaba a partir de calamina (compuesto de carbonato y silicato de zinc) y cobre. A veces aparecía zinc impuro como residuo de esta reacción; Estrabón lo menciona como pseudoarguros, es decir, "similar a la plata", pero no se da cuenta de que es un metal nuevo. Esto no quita que en Transilvania se hayan encontrado piezas con un 87% de zinc; sin embargo se admite que los primeros que lo aislaron como metal fueron los chinos y los indios. De ahí provenía, seguramente, la muestra que en 1597 llegó al experto metalúrgico inglés Libavius; pero fracasó también en reconocerlo como un metal nuevo, pensando que se trataba de un exótico tipo de plomo indio o malabar. En 1738 otro inglés, William Champion, disipa por fin cualquier duda al patentar un proceso para extraer el zinc a partir de la calamina tras una visita a las minas de Zawar en Rajasthan, donde se extraía el mineral desde milenios atrás.

Volviendo al metal Baily, me resulta simpática esta denominación de una aleación concreta. No dejo de imaginar una ficticia Academia encargada de otorgar nombres a cada una de las aleaciones posibles. Admiro ese siglo en el que se premiaba al científico meritorio otorgando su nombre al descubrimiento. Sé bien que la costumbre se mantiene; pero sin ánimo de parecer desconfiado me pregunto si se recibirán los galardones con igual alegría en estos tiempos en los que se pone precio hasta al nombre de las estrellas y las arenas de la Luna, en los que nuestro concepto de inmortalidad ha tomado sin duda un tono general contradictorio con su propia esencia.

Pero para terminar con una sonrisa, ya sabéis, si queréis volver loco a vuestro joyero, posíblemente haciéndole rico en el proceso, pedidle unos pendientes, o si hay suerte, una alianza de metal Baily.