martes, enero 08, 2008

La Mansión de las Rosas

Hoy quisiera hablaros del libro que me estoy acabando ya de leer. Se trata de "La Mansión de las Rosas", de Thomas Burnett Swann. La/El que sea algo asiduo a esta suerte de blog, recordará haberlo visto en la columna de la derecha, donde de vez en cuando voy consignando lo que me leo y lo que escucho.

Tardé en empezar este libro; lo encontré en la Biblioteca Pública de cierta ciudad. Albergan estas Bibliotecas, bien lo sabéis, mil y un tesoros. Pero prosigo: quería decir que no fue por pereza que se me caducase el plazo de préstamo. Más bien por esa estúpida resistencia que tengo a leer un libro que se me antoja obra maestra, pues una vez leído ya no podré volver a disfrutar nunca más de esa primera lectura. Es una vana obsesión que ya he vencido convenciéndome de que el número de libros que merece la pena ser leído (a pesar de los esfuerzos de tanto titiritero metido a escritor) es infinito, y de que aún no se sabe si tras la muerte se podrá leer. Sabía, de todos modos, que era un libro que me cautivaría, y una vez empezado no podría dejarlo. Así ha sido.

Lo encontré, como digo, en la Biblioteca Pública. No fue del todo producto del azar. Metí en el Unicorn (premonitorio nombre) "ciencia ficción" o puede que más bien "fantasía", a ver con qué salía el catálogo. No me dio mucho tiempo a relamerme, porque lamentablemente el listado no era tan largo como habría querido. Allí estaba Swann. No le conocía. El nombre del libro no me pareció sugerente. Pero precisamente por esa aparente anodinia me decidí a buscarlo.

El libro en sí está editado por Bruguera, en su colección Libro Amigo. Me da a mi, que no entiendo mucho de estas cosas, que esa es una colección que ya no se edita. Al menos, he buscado, y no veo que uno pueda comprar ya este libro en las tiendas. La edición es de Marzo de 1981, tiempos de mi infancia y de estos libros de papel grueso en cuartilla, papel ahora amarillo pero que sigue conservando un tacto especial, hasta cierta fragancia de madera y tintas bien marcadas. La portada es una ilustración de un tal Mario Eskenazi, que no hace justicia al libro, aunque es mejor así. No distrae y me parece más honesta que las vergonzosas revelaciones de argumentos, los aún más vergonzosos reclamos o las simplezas que se ven en algunas portadas de novelas contemporáneas.

El texto de la contraportada me hizo saber que me iba a gustar el libro. Como es lo que me decidió, lo copio aquí: "Como ha dicho Theodore Sturgeon, Thomas Burnett Swann -viajero, investigador y escritor británico- posee una prosa "llena de magia y belleza, al margen de modas y tendencias", con las que, en la línea de Tolkien, narra sus "cuentos de hadas" a un auditorio contemporáneo. Unos cuentos de hadas que no se limitan a reproducir viejos esquemas, sino que suponen una aproximación lúcida a ciertos mitos y planteamientos que el hombre actual cree, un tanto fatuamente, haber dejado atrás".

El texto es deliciosamente sencillo y cuidado a la vez. La ambientación se basa en una documentación exquisita (el autor agradece vehementemente en un breve prólogo la ayuda que le han prestado A History of Everyday in England: 1066-1499 de Marjorie y C.H.B. Quennell, y The Crusades, de Henry Treece) mezclada con una presencia de magia sutil pero muy real. La prosa, que a veces se torna poesía, transmite el sentimiento de una obra creada con mimo y con buena mano, escrita con corazón y modelada cuidadosamente. Una gloriosa inocencia se eleva desde cada página. Si se me perdona la torpe paradoja, diría que hay más de lo que parece a simple vista, quizá porque se ha escrito sin pretender que haya más de lo que parece a simple vista.

Publicado en 1976, se llama en inglés "The Tournament of Thorns". Creo que es el primer libro que recomiendo (y recomiendo pocos) antes de haberlo terminado. Debe de ser porque me demuestra que en la vida puede hacerse un paréntesis y crear algo bello que llega a los demás.

viernes, diciembre 21, 2007

Solsticio de Invierno

Solsticio. El aire helado de la mañana sobre nuestros ojos desnudos.

La bruma que nace de la tierra. Se levanta como una piedra afilada para detener el Sol.

Solsticio viene del Latín solstitium, que significa "punto en el que el sol se detiene" (stitium es la raíz del participio pasado de sistere, "quedarse quieto, detenerse"). Las columnas de humo nacen del suelo helado y se levantan como una cortina de puntas de lanza. Intentan detener el cambio de ciclo. Intenta el frío helado hacer que los días sigan menguando, en lugar de permitir la subida, el largo camino hacia los días de verano.

Sueña la última noche antes del solsticio con una oscuridad progresiva, un mundo permanentemente cubierto de la escarcha más profunda. La otra noche pude ver las nubes pardas de otro mundo surgir sobre los edificios, que más que nunca parecían un sueño a medio hacer de una civilización perdida. Se extendía esa noche de víspera sobre las anchas tierras de la meseta. Un cielo vacío de estrellas, inundado por muros de nieblas y oscuras nubes. La noche no era de nuestro tiempo; era un sueño venido de la leyenda, un paisaje de Gutþiuda que fue o será.

Los antiguos no celebraban la festividad del Solsticio con ese nombre. La época era el Yule, o esa es la forma que se usa hoy día. Iba a escribir sobre ello, pero hay ya tanto escrito que poco podría aportar. Diré sólo que Yule es la forma en Inglés Moderno. Viene del Inglés Antiguo geol, que a su vez desciende del Nórdico Antiguo jól, que es un plural, por lo que los antiguos pobladores de Escandinavia celebraban las jól.

Y es esta palabra la que no tiene un origen claro. Se suele relacionar con el Nórdico Antiguo hjól, "rueda", hablándose de una "rueda del año" que estaría en su punto mínimo en el solsticio, desde el cual volvería a alzarse. Pero al parecer esta etimología no es muy sólida y se basaría más bien en la semejanza entre los sonidos actuales en las lenguas nórdicas entre jul y hjul, en la que la h es muda. No era así en Nórdico Antiguo; en esa lengua el parecido entre jól y hjól no era tanto como entre los actuales jul y hjul, lo que debilita esta posibilidad. Otro candidato a origen de jól tendría que ver con el Latín jocus ("juego, diversión"), pero esta relación no es de derivación directa. Esa relación latina casaría mejor con las formas primitivas del Inglés Antiguo geol: en el dialecto de Kent geohhol, en el Ánglico gehhol. Ambas formas pueden hacerse descender de una raíz Germánica *jehwla o *jegwla (que por otra parte sería la que habría pasado tiempo atrás al Finés joulu y al Estonio jõul). Y es esta raíz Germánica es que la que estaría emparentada con el Latín jocus, ambas teniendo el mismo origen Protoindoeuropeo *ieku.

Para terminar con la palabra jól añadiré que muy probablemente es el origen de la antigua palabra de Francés Antiguo jolif, que tenía los significados de "festivo, alegre, bello". Jolif dio en el Francés Moderno la palabra joli ("bello, bonito"), pero también pasó al Inglés Medio y es origen de la actual palabra inglesa jolly, "alegre".

Me gustaría también hablar de la importancia del Solsticio de Invierno para los hebreos, su relación con la luz del planeta Venus y la Shekhinah o Presencia de Dios; pero de ello no conozco fuentes fiables que ofreceros. He leído que originalmente la Shekhinah sería la luz de Venus, en su máximo esplendor y que el término era especialmente usado para referirse a esta luz de origen divino en el Solsticio de Invierno (los reyes trataban de concebir a sus hijos en el Equinoccio, nueve meses antes, para que nacieran coincidiendo con esa fecha). Si existía además una conjunción con el planeta Mercurio, la relevancia se multiplicaba. Pero como digo, esto no es para mi ahora más que una curiosa leyenda que requeriría mayor investigación. Quizá volvamos algún día sobre ello. Por ahora, Feliz Solsticio, y Feliz Navidad también.

Resurrección de un Error

Leo en El Mundo (http://www.elmundo.es/elmundo/2007/12/18/ciencia/1197991038.html) lo siguiente sobre la existencia de agua en Marte en el pasado de dicho planeta.

"Sin embargo, hace 3.500 o 4.000 millones de años hubo agua líquida en abundancia. Una de las muchas pruebas de ello son los 'canales' descritos por primera vez por el italiano Schiaparelli en el siglo XIX. Los astrónomos han supuesto que algún gas tuvo que ejercer un 'efecto invernadero' en el clima marciano. Lo más lógico es que fuera dióxido de carbono procedente de erupciones volcánicas."

Lástima que desde hace tiempo (exactamente desde los experimentos en 1903 de J.E. Evans y Edward Maunder) se haya demostrado que dichos supuestos canales no eran más que una ilusión óptica producto de la calidad limitada de los telescopios que se usaban en la época de Schiaparelli. Algo de lo que parecen no haberse dado cuenta ciertos diarios de tirada nacional.

Bien cierto es que pudo existir agua en Marte por las razones que (correctamente) expone el artículo acerca de la atmósfera de dióxido de azufre, pero en cualquier caso, no puede ser prueba de esa existencia de agua un canal que, a pesar de lo romántico que siempre nos pareció la idea a los amantes de la ciencia ficción, nunca existió.

viernes, diciembre 07, 2007

Desde una Dorada Ultratumba

El gesto altivo reivindicado,

Llegamos ya a un tiempo donde es lícito pensar: he sucumbido a menos faltas que mi enemigo.

He aquí que envejecí como yo creí que era más digno envejecer, y te superé en aspectos concretos.

Dirán: prepotente.

Sí.

Por pocas veces. Celebrad la victoria que os ha costado esfuerzos y huesos rotos. El cansancio infinito de una madre. Camino del triunfo. Celebrad, pues el enemigo cayó ahí donde vosotros resistísteis. Celebrad por vosotros y por la caída del otro... luego volved como vuelvo yo la vista a los mil defectos y errores que son yo. Y seguid luchando.

(Dedicado a aquellos que empiezan a recoger ahora y en breve los laureles de un largo esfuerzo; y en concreto, a C. y A., y los que con ellos comparten piedra y noche).

sábado, noviembre 24, 2007

Fimbulvetr


Quisiera haber hablado sólo del Silencio, pero acabo hablando del Invierno de Inviernos, Fimbulvetr, Invierno Máximo sobre todos los demás, Fimbulwinter.

Y al final hablar del Silencio y dejarse llevar y hablar del Invierno no es tan descabellado, porque no hay tanta distancia entre las dos ideas.

Silencio; ausencia de un ruido que nuestra civilización da ya por normal, por base de toda nuestra vida. Se nace con ruido, se vive en el ruido, se muere con ruido, y hasta el ruido es una medida de lo bien que lo hemos hecho en el mundo; cuánto ruido hemos hecho al dejar las vestiduras mortales, cuánto ruido han hecho las declaraciones.

Recuerdo que esta semana ha muerto un hombre sabio e ilustre, que se afanaba por habitar el silencio. En este mundo de horror silentii se pasa muchas veces por torpe o maleducado cuando sólo se persigue la tranquilidad de alma y formas. El silencio acoja ahora a este alma que debía encontrar en el silencio el reposo a tanta palabra y conducta absurda. Refugio en el que encontramos paz, al que hemos deseado más de muchas veces dirigirnos.

Y sin embargo el Silencio, ciertamente, puede ser monstruo que calla y hace callar. Encierra la idea en una cáscara estéril, ahoga el socorro, mata el camino hacia las estrellas en una noche confusa. Hay que renunciar y extirpar ese silencio y hacerlo mutar al otro silencio. El otro silencio que como el otro invierno no es fuente de muerte sino pacífico acabarse de las cosas que ya no deben ser (todo tiene un final) y glorioso principio, embrionario hervir de un glorioso principio, de una vida que brota desde lo profundo de la tierra hacia los cielos más allá. El silencio puede ser arma, y pocas armas pueden herir de la forma en que él puede herir.

El mundo puede que empezara en silencio, y no cuesta imaginarse que acabe también en silencio, un silencio invernal. El frío entumece los ruidos y los atenúa. En la quietud pueden curar las heridas. El invierno, me repito, es el tiempo en que la magia obra secretamente para enlazar las esencias de la semilla. No hay que atemorizarse, pues, del invierno. Hay un Fimbulvetr que vendrá y no debe temerse; acaba por llegar fruto de nuestros pasos en la tierra, de lo sembrado con consecuencia y sin ella, del ineludible wyrd que sólo con el conjuro máximo (el canto de la propia vida) puede cambiarse; invierno encadenado a invierno sin promesa de verano; tiempo de lucha intensificada, tiempo condenado a la batalla final que será enfrentarse a todo lo que se sabía ya.

Pero tiempo al cabo de silencio, y silencio e invierno del que un nuevo mundo nace.